Fondo de Transformación y Estabilización - ¿El fin del saqueo en Venezuela?

La chequera afuera o el mismo mito con otro traje

Ensayo crítico sobre el Fondo de Transformación y Estabilización

Por más elegante que suene, la idea de un Fondo de Transformación y Estabilización (FTE) vigilado por entes internacionales y "control ciudadano" no escapa de una vieja ilusión venezolana: creer que el problema está en quién maneja la chequera, cuando en realidad está en por qué existe una sola chequera.

La Dra. Marleny Bustamante en su artículo "¿Y si le quitamos la chequera a Papá Estado? Una propuesta insolente." Diario La Nación (2026). Propone sacar la plata fuera de las fronteras, blindarla, neutralizar la tentación del despilfarro. Ese traslado no toca el nervio. El problema venezolano no es de custodia. Es de estructura. Y esa estructura tiene historia.

El mapa que predijo el naufragio

En 1976, cuando Venezuela nadaba en petrodólares, Carlos Rangel publicó Del buen salvaje al buen revolucionario. Lo quemaron en la Universidad Central. Nadie quería escucharlo.

Lo que describía no era a Chávez —a quien no conocería— sino la lógica que lo haría inevitable: una clase dirigente que nunca arriesgó su patrimonio para crear riqueza, sino que se alzó con el Estado "como si se tratara de un botín medieval". Depredadores, no capitalistas. Pero toda depredación necesita una filosofía que la justifique. Y esa filosofía tiene nombre.

Marx: el valor como pecado original del capitalismo

La construcción marxista es elegante y letal: el valor de una mercancía es el trabajo invertido en producirla. El capitalista paga al obrero solo una fracción y se apropia del resto. Conclusión: toda ganancia es robo, todo rico es ladrón, ser pobre es ser honesto.

No se instaló en Venezuela como teoría académica. Se instaló como sentido común callejero. En Venezuela hay una frase que lo resume mejor que cualquier manual: "cada día sale un pendejo a la calle, el que lo agarre es pa' él." Eso no es humor negro. Es una cosmovisión. Es Marx sin Das Kapital: el mundo es suma cero, la viveza es virtud, y el que no saquea es saqueado. El vivo y el pendejo son las dos únicas categorías morales. El empresario honesto no existe en ese universo: o es pendejo o está robando.

La premisa, sin embargo, es falsa. Y su falsedad la demuestra cualquier precio real.

Un vaso de agua en Caracas vale cincuenta centavos. El mismo vaso en el Sahara, a un hombre que lleva tres días sin beber, vale todo lo que posee. ¿Cambió el trabajo invertido? No. Cambió la necesidad.

Un vino excepcional de Burdeos vale una fortuna en París. En una comunidad de abstinentes vale cero. ¿Desapareció el trabajo del bodeguero? No. Desapareció el deseo del comprador.

El petróleo venezolano antes de 1914 valía cero. Después de la revolución del motor de combustión valió una civilización entera. El subsuelo no cambió. Cambió la necesidad humana.

Los escolásticos de Salamanca lo formularon en el siglo XVI: el valor no está en las cosas, está en la estimación de quien las necesita. Menger lo sistematizó en 1871. Marx lo ignoró porque, cargado de odio, solo quería destruír el sistema.

Si el valor no está en la cosa sino en el cliente, crear riqueza no es explotar trabajo: es satisfacer necesidades. El empresario que identifica lo que alguien quiere y lo produce mejor que nadie no roba a nadie —genera valor donde antes no existía. Dos personas salen más ricas de cada intercambio voluntario. No hay suma cero. No hay pendejo ni vivo. Hay dos partes que ganan.

Tratar al prójimo como cliente —descubrir qué necesita, dárselo mejor que nadie— es la forma más eficaz y más honesta de solidaridad social. No la limosna del Estado: la empresa que emplea, sirve y crece. Calderón Berti lo entendió: abrir la industria energética a la competencia privada no es ideología —es el único mecanismo que convierte recursos en valor genuino, porque obliga a servir al cliente o quebrar.

El espejismo del "buen fondo"

Noruega tiene el fondo soberano más grande del mundo. Pero Noruega llegó al petróleo con siglos de Estado de derecho, propiedad privada protegida y cultura de ahorro preexistente. El fondo complementó una arquitectura institucional que ya existía. En Venezuela ocurrió exactamente lo contrario: el petróleo llegó antes que las instituciones y las sustituyó.

Eso tiene nombre técnico: path dependence. Las instituciones no se instalan como software; son sedimento acumulado de décadas. Noruega construyó primero el Estado de derecho, luego el fondo. Venezuela construyó primero el Estado distribuidor de plata ajena, luego el caos. Proponer un FTE sin deshacer esa trayectoria es construir sobre arena que ya cedió antes.


La falsa riqueza del subsuelo

El petróleo en el subsuelo no es riqueza. Es potencial geológico inerte. Se convierte en riqueza únicamente cuando hay un comprador que lo quiere.

Supongamos que mañana nadie quiere petróleo. Venezuela no tendría nada. Porque lo único que permanece cuando se agota el recurso natural es la capacidad humana de crear valor para otros. Y esa capacidad fue atrofiada durante un siglo: primero por la socialdemocracia redistributiva, luego por el socialismo chavista. Dos nombres, un mismo modelo, una misma premisa: la riqueza es un objeto fijo que se reparte, no un proceso humano que se construye.

Corea del Sur no tiene petróleo. Suiza tampoco. Singapur es una roca. Su riqueza viene de millones de personas que aprendieron que satisfacer la necesidad del prójimo mejor que nadie es la única prosperidad sostenible. Nadie espera que el subsuelo lo salve.

Rangel lo vio con brutal claridad: Venezuela "sin el petróleo estaría hoy por hoy más o menos en el nivel de Honduras". No por inferioridad: por ausencia de cultura productiva. Un siglo de renta fácil no construyó empresarios: construyó cola. Cola frente al Estado, cola frente a PDVSA, cola frente al próximo caudillo que prometiera repartir mejor la plata del subsuelo.

Calderón Berti propone romper esa cola de raíz: privatizar PDVSA, abrir toda la cadena de valor energético, establecer seguridad jurídica y reglas fiscales estables. No porque el petróleo vaya a durar —no durará— sino porque la empresa privada con capital en riesgo y precios reales obligaría a Venezuela a construir lo que nunca tuvo: empresarios que arriesgan su propia plata, ingenieros que innovan para sobrevivir, instituciones que protegen el contrato. La industria privatizada no sería el destino: sería el gimnasio donde Venezuela aprendería a crear valor propio.

La imposibilidad del cálculo

Concentrar el excedente en un fondo —por más transparente que sea— sigue siendo planificación. Y la planificación central tiene un límite insalvable: sin propiedad privada no hay precios reales; sin precios reales no hay información; sin información nadie sabe si un recurso vale más aquí que allá. Como advirtieron Mises y Hayek: es como navegar con un mapa sin coordenadas.

El burócrata que administra plata ajena no tiene acceso a las señales que guían al empresario que arriesga la suya. Puede publicar informes y celebrar auditorías. Pero no puede reemplazar al mercado. Nadie puede.

El conflicto no está en los pozos, sino en la caja

Mientras exista una caja única, habrá lucha por capturarla. Rangel lo documentó: tras la Independencia, los caudillos no construyeron repúblicas —se disputaron el Tesoro en "una verdadera rebatiña por los privilegios implícitos en el control del gobierno y el Tesoro Público". Esa descripción del siglo XIX es la anatomía exacta del XXI venezolano. La Cuarta República disputó la caja con clientelismo. Chávez con fusiles. Sus herederos con narcoestado. Un FTE no rompe ese ciclo: crea una nueva arena de combate, más diplomática, igualmente rentista. La plata sigue siendo el botín. Solo cambia el traje del que la custodia.


El socialismo no falla por mala gestión. Falla por diseño.

Montaner lo formula como epitafio de toda una época: la clase dirigente venezolana gobernaba para "distribuir la riqueza existente, sin potenciar las condiciones para que la sociedad creara riquezas". Eso vale para la Cuarta República socialdemócrata exactamente igual que para la Quinta socialista. La socialdemocracia fue el prólogo suave del chavismo. Ambos comparten la misma premisa marxista: la riqueza es un objeto fijo que se reparte. El Estado como gran distribuidor de plata que nadie en el gobierno produjo ni arriesgó.

La élite que administró esa renta no es capitalista. El capitalista arriesga, innova y pierde si se equivoca. La élite venezolana es depredadora: se apropia del excedente que la naturaleza deposita bajo tierra, lo redistribuye según lealtades políticas, y cuando el ciclo se agota culpa al imperialismo o a la guerra económica. Nunca al sistema que la hizo posible.

Un fondo administrado por esa clase, aunque tenga auditores suizos y estatutos impecables, es la continuación del mismo proyecto por otros medios.

Coda: la pregunta que el fondo no puede responder

Las sociedades que prosperaron no lo hicieron porque alguien administró bien su renta. Lo hicieron porque construyeron culturas donde el vínculo entre esfuerzo y premio es inviolable, donde la propiedad privada es sagrada, donde servir al cliente mejor que la competencia es la única forma legítima de enriquecerse. Donde nadie espera agarrar al pendejo de la calle porque no hay pendejos que agarrar: hay clientes que conquistar.

Si sin propiedad privada no hay mercado, y sin mercado no hay precios, y sin precios no hay cálculo,

¿qué puede lograr un fondo —por independiente que sea— que el mercado, por definición, hace mejor?

Calderón Berti tiene razón: la respuesta no está en quién custodia la plata del subsuelo. Está en construir una Venezuela donde la plata no venga del subsuelo sino del trabajo, del riesgo y de la capacidad de satisfacer aquí y ahora lo que el prójimo necesita. Una Venezuela donde el rico no sea sospechoso sino admirado, donde el empresario no sea un explotador sino un creador, donde el Estado no sea el gran distribuidor sino el árbitro imparcial de reglas iguales para todos.

La verdadera transformación no es sacar la chequera afuera. Es volver a aprender que la prosperidad no se reparte: se construye, se arriesga y se gana. Y que ningún pueblo se libera de su adicción a la renta cambiando de cajero.


Referencias

Bustamante, Ana Marleny. "¿Y si le quitamos la chequera a Papá Estado? Una propuesta insolente." Diario La Nación (2026). Rangel, Carlos. Del buen salvaje al buen revolucionario. Monte Ávila Editores, 1982. [Con epílogo de Carlos Alberto Montaner, edición 2006.] Calderón Berti, Humberto. Entrevista sobre privatización y apertura del sector energético. Venezuela Hub. Escuela de Salamanca. De iustitia et iure (varios autores, siglo XVI). Menger, Carl. Principios de Economía Política, 1871. Mises, Ludwig von. Socialism: An Economic and Sociological Analysis. Hayek, Friedrich A. von. El uso del conocimiento en la sociedad.

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